El humo tangible en mis manos y labios
Destrona el cáliz sonoro de la
cosmo-sinfónica láctea
Sumergidos, inmersos en piezas
poesexuales de jazz
Recostados sobre las mantis
espectrales, las cabezas rodarán pronto
De las oberturas murales donde clavos oxidados
crucificaron la memoria
El techo blanqueado, nevando
pesadamente sobre la cama
Vendrá vendrá, esa, la dama blanca, la
ninfa japonesa
Desollando cada cuello que encuentre
Piden perdón todas las aves que
orbitan la lámpara de luciérnagas
Gentil Mozart, al enterarse de mi
caída, accedió interpretar por primera y exclusiva vez
Después de 224 años en silencio, su
aclamado Requiem
Yo, un poco más “desavanturado” tomé
ciertos estupefacientes
Que ayudaron a moldear mis huesos
armónicamente
Desde Requiem Aeternam hasta Lux Aeterna
Luego abdicaré de esta escena, la
belleza ha muerto muchas veces en mi boca.
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