No volveré a pedirte nada más, solo
que existas.
Krzysztof
Kieślowski.
Te
llamaré Proteo señor, porque tu forma es la silueta de todas las formas.
No he
podido encontrarte en ningún lugar
Tampoco
he sentido mi corazón henchido en gracia
Ni he
llorado en una catarsis colectiva porque has tocado mi espíritu
Pero,
de una u otra manera, sigues implacable sobre mi cabeza, como el martillo que
los justos reciben con amor.
Una pregunta
escarba en mi cabeza y controla toda acción en mi empresa: ¿Creo en ti por fe o
por la egoísta y estúpida idea que engendra una esperanza de salvación?
Dime tu
nombre, quien eres o que has hecho
Si eres
el tirano judío, un olímpico, la reencarnación de una prostituta, un engranaje
maestro que de movimiento a la maquinaria del lenguaje.
¿Eres
el sádico que disfrutaba con la desesperación de Abraham?
¿No fue
acaso un mal chiste de tu parte?
— ¡Felicidades
amado ciervo, fue todo una broma de mis querubines, has ganado el paraíso!
¿No
eres acaso el mástil de los mártires?
—Ya
vendrán tiempos mejores, Dios nos ama. Repite el padre que viola a sus hijos y
luego se postra ante un arsenal de símbolos vacíos.
Si tú
eres eso, pues condeno YO, mi propia alma a la descomposición sin retorno del
sapiens.
Te moriste y cagaste, primer y único versículo.
Lo que
hay tras bambalinas terrenales, queda a discreción según la creencia.
No eres más que la creación de unos cuantos
tipejos, casi un modelo económico.
Sí hay
algo o alguien, no es siquiera palpable por la lengua
Lo inescrutable,
el dilema que carcome los espectros de la heurística.
Hamlet
decía: una partícula de polvo nubla el
pensamiento.
Y bien,
he aquí nuestro más esquivo átomo.
La partícula
de las mil verdades, la cruz, el mantra, la tierra, el final.