Desde
lo alto de la gran colina, allá en los interminables caminos de la palabra, una
bruma de versos impedía el asaeteo del sol durante las primeras horas del alba.
Un te amo yerto en la quijada temblorosa se despuntaba de la boca; los ojos
bruñidos por el reflejo eterno que se posa en el agua. Alexandra, quien busca
la niebla en las mañanas del perihelio. <<Mírame desde lo alto de la
colina, como el Dios que juzga sin trémulo alguno en su furia>> No hay
piedras que acojan la belleza del tiempo en nuestro próximo camino, ni las
piedrecillas del desierto, ni los inescrutables canticos que reposan en el
perenne dialogo entre la arena y el mar. Mientras los hijos de hombres nobles
revoletean con sus mejillas rojas y labios hinchados por los dulces de fresa,
ataviados por un aroma de leche fresca en sus manos; ella los miraba con cierto
lamento en su corazón, ansiando tal vida y lozanía, y una candidez que la
pusiese a salvo del mundo. << ¿Dónde estoy cuando transito el presente y
el pasado? ¿Qué amaré cuando ya no pueda torcer mi columna en la vejez del
alma? Todas las flores que dibujé en mi memoria se desvanecerán, las lindes que
separan mi cordura del caos también tomarán parte; haré un pacto con el follaje
de los bosques e infiltraré mi voz entre sus hojas, confundiré el trino de las
avecillas con la voz de poetas muertos, desdibujaré los trazos que me separen
de la tierra, me haré tierra con el prado y prado con el buen labrador>>
Ya
era mediodía de tanto pensar, las hogazas de pan se endurecían desde la mañana,
las ancianas lavaban ropa, tendían sus
sabanas en los pórticos de sus casas, cuya danza les otorgaba el céfiro. Una
carreta llena de frutas y vegetales aguardaba por compradores pues el reloj dictaba la segunda comida del día. Pescadores volvían desde la playa, unos empapados hasta el sombrero y
sin gloria, otros cargados de pescado fresco, altivos de su proeza. Desde lo
alto de la colina que ciñe su sombra al patio de su casa, es que ella lo
observa mientras sus vestiduras ondeaban ligeramente, con movimientos cansinos,
así era el interior de su corazón esa tarde. Desde la colina lograba contemplar
los niños jugando entre los botes, ayudando a sus padres a llevar la carga del
día. << Yo no lo amo, ni amo esta voz que habla, ni su hablante, hay un
maestro de la escultura en mi frente, esculpe cuidadosamente una cruz,
cincelando en ella nombres que no puedo olvidar, es una jaqueca del ánima. Me
engañé amando lo que no amaba, y tengo tanto terror al tiempo, incompasible máquina.
Yo no lo amo ni amo estos roces con el mundo>>
Sostuvo
su pelo ya que el viento aceleró su marcha, el cielo como un lienzo de viejos
pintores, se tiño lentamente de tintes sanguíneos, los albatros emprendían vuelo,
su sombra dejaba la estampa de los típicos atardeceres, y todo esto para
Alexandra era bello, tan bello como el dolor que acoge la gruta de sus memorias sensibles. El
espíritu golpea la carne, de eso no tenía dudas. Estuvo horas sobre la colina,
yerma, empinada, ya nada crecía en ella, ni tampoco en Alexandra. Su mirada
atravesó la materia hasta posarse sobre las piedras azules que hermoseaban el
puerto, y su musgo, albergando formas de poesía que escapan del lenguaje.
<< ¿Quién es la persona que representa mi espíritu? ¿Quiénes dieron
nombre al mar, las piedras o los árboles? No puedo ser yo cuando hay otros que
me conforman desde el exterior: Alexandra eres melancólica, eres un bosque
asediado por el invierno, Alexandra tienes la nariz de tu madre y te tambaleas
como la sombra del sol en las aguas del ocaso>>
Los
noctívagos gatos daban el concierto de cuatro cuerdas a las 11 de la noche.
Alexandra tenía una bala incrustada en su cabeza, una idea, una decisión, un
disparo a la conciencia. Descendió de la colina cuando los marinos ebrios
descansaban en los abultados pechos de sus esposas, sedados por el vino y
embriagados de languidez. Alexandra caminó hacia la playa, se desvistió, su
cuerpo amainaba la tenue luz de luna. Llegando a los pies del mar, detuvo su
paso, el agua le parecía cálida, un ligero recuerdo sacudió su espina. Se
adentró hasta cubrir su pecho, sintió el abrazo de la muerte como un
reencuentro con su infancia. <<Heme aquí padre, heme aquí madre, heme
aquí amado mío que respiras bajo tierra y tu carne vuelve al inicio, heme aquí
en el comienzo y el final. No fui quien quise ser, ni lo que dijo el hombre de
mí, abandono el tiempo en estas aguas, estoy disuelta en esta forma, no
ascenderé nuevamente por la colina ni rodaré desde su altura como la niña que eludía la
muerte en sus volteretas. No hay sentido para este transitar, ni la palabra
sentido posee uno, todo lo que tenemos son palabras para diferenciarnos de la
carne y del espíritu, pues nada suma en el lenguaje que utilizan los hombres,
no soy Alexandra, ni la hija, ni la esposa, estoy disuelta en el agua, y lo
estaré en tu recuerdo amado mío>> Su cuerpo, como una roca de metal se
hundió en la negrura del mar, y entonces, todo sonido se aquietó. Los funerales
marinos son tan silenciosos como el dolor humano. Las nuevas mareas borraron su
paso de la arena y la noche falleció en sus ojos, justo en la inmensidad del
alba que estaba por nacer otra vez.