sábado, 18 de abril de 2015

  

De odiseas y cantos grises

 Primera imagen



De tantos años vividos, los juegos infantiles de amor eterno terminaron, ¿por la daga de la razón?, quien tenga la apropiada respuesta, consagre mi vida a la búsqueda de esta. 



Solían todos los astros posicionarse como un cuervo alado sobre el planeta estrellado en mi cuello, se oían himnos universales; mas adentro, como en una especie de Sol, se hallaba mi persona, lánguida, vencida por los surcos interminables de una tormenta veraniega.


 Dentro los infartos del corazón agrietado, navegaba sin pie a hundirse, el trasatlántico de acero alquímico, transportaba infinitas orquestas de papel, poemas encumbrados hasta la misma Andrómeda, no había dioses, no existía división alguna, se ocupaban lenguajes simples como el abrazo de medianoche.


 Allí Rimbaud, armado de justicia, dirigía el Réquiem que colisionaba hasta el último espacio de materia conocida, se alzaron ecuménicas voces, se unieron todos los besos, se oían los colores de la infinidad, se bañaron de música los océanos en calma, la lámpara de rostro pálido y brillante blandió su aurora con tal fuerza esa noche, que de las luciérnagas nadie supo más.


La luna me daba justo en el pecho, así la tomé, como madre, grial y cruz de mi esperanza...








Segunda imagen 



La ópera del nacer, el parto barnizado de rojo, de  flores muertas en la arena, de los ríos y taciturnos mares que hallé en sus manos

Se escaparon, nos culparon de ser y no actuar, la voluntad de los necios, de los amores sin latir

En la hora más tenue, con la frente ardiendo y las palmas sin color alguno, sin vida; me fui para jamás volver, el gran crucero de pestes emocionales adormecieron mis sentidos, tomé la mentira como arma y de esta no tuve afán a soportar

Nuestras bombas sanguíneas estallaron, no nos quedó ni el adiós
Solíamos mirar el cielo como la misma frontera entre un caracol y la eternidad

No habrá un nunca, no habrá un siempre, no habrá un sí
A la hora de los despertares, solo me quedó el sol pintado a los matices del mar y un canto soberbio que me impulsó a amar y de forma más violenta, olvidar.