domingo, 2 de noviembre de 2014

Me olvidé de olvidar

 



Se vio cansado, caminaba con sutil flujo por la ventisca callejera, tenía un huracán en el bolsillo a punto de escaparse, a paso lento y de continua pero forzada sonrisa, se deslizaba, entre mantos grises y sastres de matices oscuros, hasta la cortina de arañas sobre la puerta, y tras la puerta su habitación en llamas, una caverna primigenia habitada por él y sus más profundos pesares, le costaba echarse en la cama, pero el brío del corazón lo cansaba aún más, la cofradía de imperdonables amores, esos que saturan el olvido, el coctel de nostalgias domingueras, el martirio de ignorar, la tercera guerra desatada en pleno pecho por dejar atrás esos hilos rojos de sangre y pasión que aún no son cortados ni por la tijera más avezada, pero para las cartas viejas y polvorientas, el fuego no sirve de formidable manera, el embarque de recuerdos sobre las sabanas, el ultimo llamado que no alcanzó un adiós, la ceguera temporal que produce el sol en la más incierta certeza, el naufragio de los amantes vacíos, el mástil que te estrella contra el iceberg , la lengua jamás soltada, los labios firmemente apretados sin soltar la lluvia salival. 


Le costaba tanto dejar la huella de polvo y arena que tan secos aprisionaba sus pasos, que regó de llanto y vino barato la siguiente escena, como para humedecer la tierra, esa tierra veraniega que se impregna en la garganta. 


Entre la más despiadada de las actuaciones bohemias, con botella en mano y violento Pacifico en su cabeza, solo como nunca antes se vio, tomó el primero de los trenes sin riel ni andén que le guiasen, hasta los museos de viejas conocidas, donde la palabra necia es sincera, la soberbia se hace presente como si volviese al momento exacto en que se quemó el castillo de ficticio cariño y relación humana, como para enmendar sus errores se acercaba con trémulo saludo sin ser respondido, seguido de esto y con una lluvia ácida vertiéndose por la cascada de sus ojos, se dejó tumbar, ahí sobre una banca, mirando el cuadro negro de puntitos brillantes, ese que le llaman cielo, se durmió sin sentir apuro ni cansancio, se durmió como para olvidar u algo parecido


Se despertó en medio de la nada y con muchos huesos caminando, se abrochó botón por botón la camisa ya marrón de tanta uva derramada, se puso el sombrero ocultando los ojos incendiados, se sacudió la tierra y el lagrimeo harinoso bajo las pupilas, y se adentró de nuevo en la ventisca, esta vez más ágil ante la memoria, más delgado si de melancolía se habla y más sereno de su corazón se hablase.

Había cantado toda la noche sus poemas y tirado a la basura sus amores idos cuando llegó el alba.