Se vio cansado, caminaba con sutil
flujo por la ventisca callejera, tenía un huracán en el bolsillo a punto de
escaparse, a paso lento y de continua pero forzada sonrisa, se deslizaba, entre
mantos grises y sastres de matices oscuros, hasta la cortina de arañas sobre la
puerta, y tras la puerta su habitación en llamas, una caverna primigenia
habitada por él y sus más profundos pesares, le costaba echarse en la cama,
pero el brío del corazón lo cansaba aún más, la cofradía de imperdonables
amores, esos que saturan el olvido, el coctel de nostalgias domingueras, el
martirio de ignorar, la tercera guerra desatada en pleno pecho por dejar atrás
esos hilos rojos de sangre y pasión que aún no son cortados ni por la tijera más
avezada, pero para las cartas viejas y polvorientas, el fuego no sirve de
formidable manera, el embarque de recuerdos sobre las sabanas, el ultimo
llamado que no alcanzó un adiós, la ceguera temporal que produce el sol en la más
incierta certeza, el naufragio de los amantes vacíos, el mástil que te estrella
contra el iceberg , la lengua jamás soltada, los labios firmemente apretados
sin soltar la lluvia salival.
Le costaba tanto dejar la huella de
polvo y arena que tan secos aprisionaba sus pasos, que regó de llanto y vino
barato la siguiente escena, como para humedecer la tierra, esa tierra veraniega
que se impregna en la garganta.
Entre la más despiadada de las
actuaciones bohemias, con botella en mano y violento Pacifico en su cabeza,
solo como nunca antes se vio, tomó el primero de los trenes sin riel ni andén
que le guiasen, hasta los museos de viejas conocidas, donde la palabra necia es
sincera, la soberbia se hace presente como si volviese al momento exacto en que
se quemó el castillo de ficticio cariño y relación humana, como para enmendar
sus errores se acercaba con trémulo saludo sin ser respondido, seguido de esto
y con una lluvia ácida vertiéndose por la cascada de sus ojos, se dejó tumbar,
ahí sobre una banca, mirando el cuadro negro de puntitos brillantes, ese que le
llaman cielo, se durmió sin sentir apuro ni cansancio, se durmió como para
olvidar u algo parecido
Se despertó en medio de la nada y con
muchos huesos caminando, se abrochó botón por botón la camisa ya marrón de
tanta uva derramada, se puso el sombrero ocultando los ojos incendiados, se sacudió
la tierra y el lagrimeo harinoso bajo las pupilas, y se adentró de nuevo en la
ventisca, esta vez más ágil ante la memoria, más delgado si de melancolía se
habla y más sereno de su corazón se hablase.
Había cantado toda la noche sus
poemas y tirado a la basura sus amores idos cuando llegó el alba.