jueves, 12 de julio de 2018

La colina





Desde lo alto de la gran colina, allá en los interminables caminos de la palabra, una bruma de versos impedía el asaeteo del sol durante las primeras horas del alba. Un te amo yerto en la quijada temblorosa se despuntaba de la boca; los ojos bruñidos por el reflejo eterno que se posa en el agua. Alexandra, quien busca la niebla en las mañanas del perihelio. <<Mírame desde lo alto de la colina, como el Dios que juzga sin trémulo alguno en su furia>> No hay piedras que acojan la belleza del tiempo en nuestro próximo camino, ni las piedrecillas del desierto, ni los inescrutables canticos que reposan en el perenne dialogo entre la arena y el mar. Mientras los hijos de hombres nobles revoletean con sus mejillas rojas y labios hinchados por los dulces de fresa, ataviados por un aroma de leche fresca en sus manos; ella los miraba con cierto lamento en su corazón, ansiando tal vida y lozanía, y una candidez que la pusiese a salvo del mundo. << ¿Dónde estoy cuando transito el presente y el pasado? ¿Qué amaré cuando ya no pueda torcer mi columna en la vejez del alma? Todas las flores que dibujé en mi memoria se desvanecerán, las lindes que separan mi cordura del caos también tomarán parte; haré un pacto con el follaje de los bosques e infiltraré mi voz entre sus hojas, confundiré el trino de las avecillas con la voz de poetas muertos, desdibujaré los trazos que me separen de la tierra, me haré tierra con el prado y prado con el buen labrador>>

Ya era mediodía de tanto pensar, las hogazas de pan se endurecían desde la mañana, las ancianas lavaban  ropa, tendían sus sabanas en los pórticos de sus casas, cuya danza les otorgaba el céfiro. Una carreta llena de frutas y vegetales aguardaba por compradores pues el reloj dictaba la segunda comida del día. Pescadores volvían desde la playa, unos empapados hasta el sombrero y sin gloria, otros cargados de pescado fresco, altivos de su proeza. Desde lo alto de la colina que ciñe su sombra al patio de su casa, es que ella lo observa mientras sus vestiduras ondeaban ligeramente, con movimientos cansinos, así era el interior de su corazón esa tarde. Desde la colina lograba contemplar los niños jugando entre los botes, ayudando a sus padres a llevar la carga del día. << Yo no lo amo, ni amo esta voz que habla, ni su hablante, hay un maestro de la escultura en mi frente, esculpe cuidadosamente una cruz, cincelando en ella nombres que no puedo olvidar, es una jaqueca del ánima. Me engañé amando lo que no amaba, y tengo tanto terror al tiempo, incompasible máquina. Yo no lo amo ni amo estos roces con el mundo>>

Sostuvo su pelo ya que el viento aceleró su marcha, el cielo como un lienzo de viejos pintores, se tiño lentamente de tintes sanguíneos, los albatros emprendían vuelo, su sombra dejaba la estampa de los típicos atardeceres, y todo esto para Alexandra era bello, tan bello como el dolor que  acoge la gruta de sus memorias sensibles. El espíritu golpea la carne, de eso no tenía dudas. Estuvo horas sobre la colina, yerma, empinada, ya nada crecía en ella, ni tampoco en Alexandra. Su mirada atravesó la materia hasta posarse sobre las piedras azules que hermoseaban el puerto, y su musgo, albergando formas de poesía que escapan del lenguaje. << ¿Quién es la persona que representa mi espíritu? ¿Quiénes dieron nombre al mar, las piedras o los árboles? No puedo ser yo cuando hay otros que me conforman desde el exterior: Alexandra eres melancólica, eres un bosque asediado por el invierno, Alexandra tienes la nariz de tu madre y te tambaleas como la sombra del sol en las aguas del ocaso>>

Los noctívagos gatos daban el concierto de cuatro cuerdas a las 11 de la noche. Alexandra tenía una bala incrustada en su cabeza, una idea, una decisión, un disparo a la conciencia. Descendió de la colina cuando los marinos ebrios descansaban en los abultados pechos de sus esposas, sedados por el vino y embriagados de languidez. Alexandra caminó hacia la playa, se desvistió, su cuerpo amainaba la tenue luz de luna. Llegando a los pies del mar, detuvo su paso, el agua le parecía cálida, un ligero recuerdo sacudió su espina. Se adentró hasta cubrir su pecho, sintió el abrazo de la muerte como un reencuentro con su infancia. <<Heme aquí padre, heme aquí madre, heme aquí amado mío que respiras bajo tierra y tu carne vuelve al inicio, heme aquí en el comienzo y el final. No fui quien quise ser, ni lo que dijo el hombre de mí, abandono el tiempo en estas aguas, estoy disuelta en esta forma, no ascenderé nuevamente por la colina ni rodaré desde su altura como la niña que eludía la muerte en sus volteretas. No hay sentido para este transitar, ni la palabra sentido posee uno, todo lo que tenemos son palabras para diferenciarnos de la carne y del espíritu, pues nada suma en el lenguaje que utilizan los hombres, no soy Alexandra, ni la hija, ni la esposa, estoy disuelta en el agua, y lo estaré en tu recuerdo amado mío>> Su cuerpo, como una roca de metal se hundió en la negrura del mar, y entonces, todo sonido se aquietó. Los funerales marinos son tan silenciosos como el dolor humano. Las nuevas mareas borraron su paso de la arena y la noche falleció en sus ojos, justo en la inmensidad del alba que estaba por nacer otra vez.