sábado, 25 de julio de 2020

Una rasgadura en el tejido de lo sensible





Durante un sueño mi hermano intentó besarme, mientras el me creía dormido, 
y su aroma, su fulgor y presencia, corroían cómo ácido mi cara. 
No hemos hablado en años, no hay nada que decir, todo está en la mirada.

Aquellos ojos verdes, tristes ojos, cuyo brillo capturaban mi atención; 
una mirada absorta en sus cavilaciones, pétrea y dolosa.
De su cabello despuntaban halos de luz, 
cómo sí viejos maestros de la pintura hubiesen eternizado el alba más pura en ellos.

Cuando cerró sus ojos, sentí un horror acuciante,
 cómo si dios hubiera silenciado su voz en el corazón de los hombres. 
Nunca experimenté algo parecido, y aquella mirada, en su abrir y cerrar, me otorgó la vida en enfermiza relación con la muerte.


Ocultaba ladinamente una risa cuyo trazo, de punta a punta, 
se expresaban como el tenue oleaje del mar por la mañana.
Oh madre, oh madre, pesada cruz cargamos a tu nombre.

Vuelco mis recuerdos hacia las aguas de un pasado no tan cercano, oh mi hermano, te desvistes entre las hojas y tu cuerpo es níveo y los ángeles sospechan de tus intenciones.

Inútil nostalgia, un grano de consuelo que se pierde en los trigales del dolor. 


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