Durante
un sueño mi hermano intentó besarme, mientras el me creía dormido,
y su aroma, su fulgor y
presencia, corroían cómo ácido mi cara.
No hemos hablado en años, no hay nada
que decir, todo está en la mirada.
Aquellos
ojos verdes, tristes ojos, cuyo brillo capturaban mi atención;
una mirada
absorta en sus cavilaciones, pétrea y dolosa.
De su cabello despuntaban halos
de luz,
cómo sí viejos maestros de la pintura hubiesen eternizado el alba más
pura en ellos.
Cuando
cerró sus ojos, sentí un horror acuciante,
cómo si dios hubiera silenciado su
voz en el corazón de los hombres.
Nunca experimenté algo parecido, y aquella
mirada, en su abrir y cerrar, me otorgó la vida en enfermiza relación con la
muerte.
Ocultaba
ladinamente una risa cuyo trazo, de punta a punta,
se expresaban como el tenue
oleaje del mar por la mañana.
Oh madre, oh madre, pesada cruz cargamos a tu nombre.
Vuelco mis recuerdos hacia las aguas de un pasado no tan cercano, oh mi hermano, te desvistes entre las hojas y tu cuerpo es níveo y los ángeles sospechan de tus intenciones.
Inútil nostalgia,
un grano de consuelo que se pierde en los trigales del dolor.
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