jueves, 24 de noviembre de 2016

Una sombra vestida de piel




El hombre escribió su entierro
    El hombre escribió su muerte
          El hombre escribió su nombre:

Voy a sofocarme hasta llorar hojas de ceniza blanca
Voy a levantarme sobre los pilares derribados de la antigua Grecia
Ese hombre de poca fe, adicto a la muerte, las venus y las  deshonras
no es merecedor de tal protagonismo, escribir su muerte, escribir su entierro
¿Y que ha de pasar con la intolerable dulce tristeza humana?
Ojos rojos insolados por el calor de un cadáver descompuesto
Todo blanco puro y el exterior ///  negro
Siéntate a mi muerte
Te enseño mi más grande amiga
Es una sombra vestida de piel
Envejecida por los caminos de piedras húmedas
Tiene un serpenteo, una danza oscura dentro de un circulo/triángulo
Baila con mascara de lince
Rompe con sus pies de ave el cesto de moras rojas
Da de comer flores al sepulcro de su jardín


Te enseño mi muerte/el martillo de las bestias/exánimes cuerpos bulléndose en los canales/lechosa el agua de estos canales/ hónrame como te lo pida amor mío/
¿Me darás el réquiem solicitado bajo la rivera solar?  Cuando la luz se recostó sobre ese intolerable mar hasta pintar de oleo naranja nuestra postal

 Si he de morir, de preceder tú encuentro con la hoz, te esperaré con un vendaje de azahares teñidos de miel purpura y abrazaremos el amor/la muerte/la vida/el nacer/el caer/ irás por laderas de siembra fresca/ no olvides traer en tu bolsillo el reloj de cera/ haremos fuego del tiempo y agua del fuego/nos bañaremos en todas las épocas del hombre/sabrás tú como es cuajar la sangre de maldad/.






sábado, 19 de noviembre de 2016

Borradores viejos




Voy a renombrar con tal arrogancia, todos los colores que ha dejado la historia en su magna gama suicida. Me volveré contra mí mismo, me volveré contra ti también, me volveré una violenta toxina que pudra todo los tejidos muertos en el lenguaje, y cobraré por deuda sagrada los manuscritos que Ginsberg penetró con el corazón de Buda y su mantra  om ma ni pe me hung ó hum. 






No, ya no se puede dormir con la ciudad pensándote como un parásito, llevo días, semanas, quizás meses o con toda sinceridad: años, breves espacios temporales llenos de vida y muerte, pero más muerte que vida; metiéndome cierta alquimia, mutilada  y estigmatizada por los hombres de ética pura y conservación de honras familiares. Hablo de cocaína ¿o es que también usted, lector, niega conocer tal sabor?

Estos días me aíslan y me asolan con cada persona que conozco, los mismos rostros, peinados, ropas, pensares, actuares y toda la habladuría que concibe estas tribus adaptativas, yo por mi parte  mantengo amurallada mi faceta de hombre moral. De vez en cuando se escapa a través de una pequeña grieta, cierta luz que modifica todo el mundo fuera, me estremezco, tan cómodo y febril en mi laberinto de ojos, no desease ninguna otra cosa más que un devastador amor, brutal, cálido, esperanzador y asesino a la vez, que logre devolverme un esbozo de alegría.

Voy a presumir de conformarme con una vida llena de risas, fiestas y una agitada vida social, pero haz de saber mi amado caminante, haz de saber que las estrías en mi cuerpo también se llevan en el alma, y por mi sangre transitan insospechadas cantidades de veneno blanco, azucares y sales, pues de estas me sirvo placer, siempre con el devorador monstruo detrás comiéndome trozo a trozo y sin piedad mis agónicos intentos de dar movimiento a mi vida. De esto mi paranoia a la muerte, amistosa, amable, tan de piel como yo, tan poco estable, tan mía como yo tan de ella.

Los viajes por las rutas amorosas me han marcado irremediable, tuve amores dulces, joviales y llenos de arte, siempre los llevo adornados de antiguos maestros pictóricos, en una hoja de amapola que revolotea  mi corazón. Me he vestido tantas ocasiones de culpable, subyugado día tras día. He levantado mi carne sobre los infiernos que acuden a despertarme sin previo aviso, les doy un beligerante adiós, mientras yo me asedio con mis propios nombres, nombres negros que saltan y dan chascos en mi cabeza, que dibujan, rayan palabras rojas con tormentos azules, y de fondo un intolerable rostro de muerte calcinado. Tanto he manchado mis horas idas, dulces horas.