El silencio de dios
Y
Saúl, la primera piedra de Israel, conoció entonces el silencio. La distancia
de Dios es la distancia del padre y que todo hombre le llore es honroso: la
perdida de la vida y la resurrección. Esto bien lo sabía, y enmudecía el corazón
de Saúl, rey primero de la tierra santa.
Sombras
de Filistea rasqueteaban sus sueños, perdió la esperanza de morir, ya que, esta
le sería una ofrenda en comparación al terror del silencio de Dios.
Endor
contestó su clamor, la necromante vestida de niebla reveló sus designios, aquello que vió el rey no fue a través de Dios, sino del pecado.
Aquél
que fue enterrado en Ramá, el juez hebreo, flotaba en nubes sobre el abismo
envuelto en un manto, con enfado escrutaba el rostro de quien le invocó: ¿Cuál divina
razón perturba mi descanso? Cuidaos de
la ira de Dios, como fuego en las venas es su ira y la compasión calla por
completa.
A
David, el gran rey de Israel será entregado tu reino
Débil
como las hojas muertas de invierno fue tu corazón.
Aquel
que duda es libre, pero quien sea libre de mí, jamás será salvo.
Samuel,
con el estertor: El Señor te entregará a ti y a Israel en manos de los
filisteos.
Mañana tú y tus hijos se unirán a mí, y el campamento israelita
caerá en poder de los filisteos.
Así despídeme padre, porque desde tus brazos hasta la tumba, habré vivido cómo desee o al menos, responsable fui de toda decisión y no hay muerte ni vida sobre la cual regresar o avanzar.
