A
Moisés Valverde, esta vez, su tierra será fértil y adornada de amores.
¿Y las estrellas soñadas?
¿Y todo lo que amé?
¿Y mi hija, mis padres, mis añoranzas?
Estas preguntas incontestables como la puta que
nunca se enamoró de mí
Escuché de callejones que eran bloques sobre
bloques rojos azules verdes muertos todos
Que las estrellas soñadas son huéspedes en la
pipa de cobre
Que el pánico de mortis le extrae cada tres
fuegos un grano del alma
Que las maestranzas de vida las ejercen los suicidas
Que tras las pálidas se les ve oscilando una
convulsión vomitiva
Vi despedidas entre aceros explosivos
Y canticos homéricos para los héroes de la
Tierra que duerme bajo el halo de la campana azul
Los espasmos por la infección sanguínea
Los poderosos druidas abrazados de su delirio más
sádico:
¡Sáquenme de aquí, ayúdenme por favor!
¡Mátenme!
Apoyado en la reja, con su chaqueta de cuero, soportando
la muerte.
Enunciaron la triada negra en las canchas de
ancianos polvorientos
encriptados bajo los vidrios molidos del alto
muro
Llamaron a dolorosas voces pensando que se irían con los funerales
Hace pocos días enterraron a un antiguo amigo
el vio mis pasos de infancia sin catalejos que
adviertan males
Murió por mano extraña, violenta madrugada
Abrió la puerta de su pieza, se recostó y de eso
nadie nunca más le oyó discurso
Y que el fuera visto como el cerezo infértil que
marchitó su propia tierra
que sus raíces bebieron del agua estancada en las
cunetas
Ese día sin saber cuál era esa culpa que les
comía la garganta
Se despidió a su estilo, entre vasos de vino y festejando
la muerte
Muchos jamás lo consideraron siquiera un mortal
lloraron por culpa y otros por emoción colectiva
Tenemos un vacío porque en el vieron lo que no
querían ser
Y yo veo el final que otro bueno amigo, espero no
padezca
A su memoria le dejo mil última sonata negra
el epitafio que guardo de su vida:
El poeta que no escribió, sangró.