Conozco de la sangre, cuyo ávido torrente anuncia: No he de vivir suficientemente feliz.
Asienta su cabeza en el sillón mientras la muerte se pasea
ligera frente a sus ojos
No hay descanso para su espíritu pues el verbo se ha hecho con él
Y no hallo más nobleza que las manos de mi padre.
Evocar las hormigas resulta una metáfora abyecta
El trabajo de tal espíritu es la obra de un herrero poético
Entre metales, escombros y martillos, Roma y Alejandría se
fundan en su obra.
He de observarle con tal bajeza en mí ser, que su poderosa
figura aquieta el dolor del niñito moribundo.
Sin saberlo, el plan maestro ha dado marcha en la pintura sanguínea
de sus venas
Nunca he admirado hombres; no hay palabra que determine su
existencia
Padre, hombre, hijo, Edipo, no alcanzan siquiera abrazar el
emblema cincelado en su pecho:
Habito
ad operandum.
Escultor de la vida, apóstol de la madrugada
Si Dios se cruzase en su camino, este lo nombraría el gran
artista, por los siglos de los siglos.
La gran proeza de Dios fue haberle expulsado de las alturas.
El soplo de su alma es la ventisca que nutre de oxigeno
nuestros recuerdos
La memoria del Atlas moderno, que en su espalda la vida
entera se deja caer
La suya y la nuestra.
De mi muerte vagas reflexiones podría dar
De su muerte, únicamente pensarla ya es negrura en el sentir
Avezado constructor ¿cuándo
pondrás el punto de una bala a tu vida?
Cuando el mundo nos devore, destruye a martillazos todo
bardal que se presente.
Confieso a mi pesar, que estoy en manos de un pastor y a
pasos del sufrimiento inconsolable.

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