sábado, 19 de enero de 2019

Hefesto




Conozco de la sangre, cuyo ávido torrente anuncia: No he de vivir suficientemente feliz.

Asienta su cabeza en el sillón mientras la muerte se pasea ligera frente a sus ojos
No hay descanso para su espíritu pues el verbo se ha hecho con él
Y no hallo más nobleza que las manos de mi padre.

Evocar las hormigas resulta una metáfora abyecta
El trabajo de tal espíritu es la obra de un herrero poético
Entre metales, escombros y martillos, Roma y Alejandría se fundan en su obra.
He de observarle con tal bajeza en mí ser, que su poderosa figura aquieta el dolor del niñito moribundo.
Sin saberlo, el plan maestro ha dado marcha en la pintura sanguínea de sus venas
Nunca he admirado hombres; no hay palabra que determine su existencia
Padre, hombre, hijo, Edipo, no alcanzan siquiera abrazar el emblema cincelado en su pecho:
Habito ad operandum.

Escultor de la vida, apóstol de la madrugada
Si Dios se cruzase en su camino, este lo nombraría el gran artista, por los siglos de los siglos.
La gran proeza de Dios fue haberle expulsado de las alturas.
El soplo de su alma es la ventisca que nutre de oxigeno nuestros recuerdos
La memoria del Atlas moderno, que en su espalda la vida entera se deja caer
La suya y la nuestra.

De mi muerte vagas reflexiones podría dar
De su muerte, únicamente pensarla ya es negrura en el sentir
 Avezado constructor ¿cuándo pondrás el punto de una bala a tu vida?
Cuando el mundo nos devore, destruye a martillazos todo bardal que se presente.
Confieso a mi pesar, que estoy en manos de un pastor y a pasos del sufrimiento inconsolable.






 




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