Voy a renombrar con tal arrogancia, todos los
colores que ha dejado la historia en su magna gama suicida. Me volveré contra
mí mismo, me volveré contra ti también, me volveré una violenta toxina que
pudra todo los tejidos muertos en el lenguaje, y cobraré por deuda sagrada los
manuscritos que Ginsberg penetró con el corazón de Buda y su mantra om ma
ni pe me hung ó hum.
No, ya no se puede dormir con la ciudad
pensándote como un parásito, llevo días, semanas, quizás meses o con toda
sinceridad: años, breves espacios temporales llenos de vida y muerte, pero más
muerte que vida; metiéndome cierta alquimia, mutilada y estigmatizada por los hombres de ética pura
y conservación de honras familiares. Hablo de cocaína ¿o es que también usted,
lector, niega conocer tal sabor?
Estos días me aíslan y me asolan con cada persona
que conozco, los mismos rostros, peinados, ropas, pensares, actuares y toda la habladuría
que concibe estas tribus adaptativas, yo por mi parte mantengo amurallada mi faceta de hombre moral.
De vez en cuando se escapa a través de una pequeña grieta, cierta luz que modifica
todo el mundo fuera, me estremezco, tan cómodo y febril en mi laberinto de ojos,
no desease ninguna otra cosa más que un devastador amor, brutal, cálido,
esperanzador y asesino a la vez, que logre devolverme un esbozo de alegría.
Voy a presumir de conformarme con una vida llena
de risas, fiestas y una agitada vida social, pero haz de saber mi amado
caminante, haz de saber que las estrías en mi cuerpo también se llevan en el
alma, y por mi sangre transitan insospechadas cantidades de veneno blanco,
azucares y sales, pues de estas me sirvo placer, siempre con el devorador
monstruo detrás comiéndome trozo a trozo y sin piedad mis agónicos intentos de
dar movimiento a mi vida. De esto mi paranoia a la muerte, amistosa, amable,
tan de piel como yo, tan poco estable, tan mía como yo tan de ella.
Los viajes por las rutas amorosas me han marcado
irremediable, tuve amores dulces, joviales y llenos de arte, siempre los llevo
adornados de antiguos maestros pictóricos, en una hoja de amapola que revolotea
mi corazón. Me he vestido tantas
ocasiones de culpable, subyugado día tras día. He levantado mi carne sobre los
infiernos que acuden a despertarme sin previo aviso, les doy un beligerante
adiós, mientras yo me asedio con mis propios nombres, nombres negros que saltan
y dan chascos en mi cabeza, que dibujan, rayan palabras rojas con tormentos
azules, y de fondo un intolerable rostro de muerte calcinado. Tanto he manchado
mis horas idas, dulces horas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario