Resulta que el sonido de sus
palmas les pareció nostálgico, recogieron con tal presuntuosidad sus abrigos de
anima disecada, a sus pies el norte de oro y bronce forjado en sus llagas por
los puñales de acero ardiendo, por la avaricia de su sangre, más yo era de escuálida
mirada, con bríos para ejercer mi marcha hacia los acantilados de lágrimas
poseídas por frías y poderosas deidades angelicales.
¡Necio de fe! Gritaban con ímpetu
de parto bajo luna agrietada, ataron mis manos a las cadenas de la eterna
soledad, quieto, con certeza de aquellos roces con el mar desértico, abismante luz
de astros estallados, ¿han de abandonarme alguna vez los anticristos de mis
amores? Dejen las lascivas ansias por violentar mi alma ¿porqué de entre
templarios desarmados de toda idea celeste, soy yo quien carga la cruz?
No fui traidor a mi bomba de
oxígeno, me ennegrece los sentidos evadir la pulsación muscular, por ello,
reitero a los dioses de mala muerte mis penares, mis más explícitos deseos, ¡quien
sea que el dictador de los destinos humanos y más allá, libere de mi cuerpo
toda condena, más cien años de tortura me son inefables en dolor! exorcicen mis
horas de presente sol en flor, todos las tumbas que cavé en mi piel, más allá
de la carne, más allá de la razón, claven la estaca del alivio y liberen la
monarquía de reyes oscuros, a mi fracturado corazón.
Abortaron mis hijos,
abortaron mi voluntad y de rojas riveras se cubrió mi cielo.

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